
No explotó la Tierra, ni se la tragó un agujero negro. Por el contrario, gritos de euforia de los científicos celebraron ayer, cerca de Ginebra, la puesta en marcha del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, su sigla en inglés), el mayor acelerador de partículas del mundo, con el que se busca dar respuesta a las grandes preguntas sobre el origen del Universo.
A cien metros de profundidad bajo inmensos campos de girasoles, a las 9.33 hora europea, un haz con mil millones de protones recorrió un túnel circular de 27 kilómetros de largo en la dirección de las agujas del reloj, y luego lo hizo en sentido contrario. Tras la inyección del primer haz, se necesitaron cinco segundos para obtener datos.
La "máquina de Dios", como se la llamó, es un gigantesco proyecto internacional que se inició formalmente en 1996 y en el que participaron alrededor de 6.000 físicos e ingenieros, entre ellos 8 argentinos.
Con el LHC se buscará el bosón de Higgs, llamado "la partícula divina", pues muchos investigadores la han estudiado sin haber demostrado su existencia. Lleva el nombre del físico británico Peter Higgs, quien la descubrió por deducción en 1964. Permitiría explicar el origen de la masa y por qué algunas partículas están desprovistas de ella.
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